Estos romanos están locos
P. D. A veces estos vídeos los quitan de Youtube a petición de las cadenas de televisión. No sé cuánto dure este. Si lo quitan, trataré de encontrar otro que funcione.
Una colección de ideas dispersas.
Anatolia's geography required giving priority to looking towards the West during the Byzantine and Ottoman eras, while never ignoring the Caucasus and the Middle East. Of course, nuances change, depending on events and problems. A Turkey directed towards the West would never ignore Russia, the Black Sea, the Caucasus, the Middle East or the Mediterranean. The symphony of changing and complicated nuances depends on the ability of our foreign policy and the size of our power. There's no such thing as an infallible policy, but Turkey has avoided making huge foreign policy mistakes. Its basic principles are sound.Moscow has a deep understanding of the quintessential pragmatism of Turkey's "Kemalist" foreign policy. (Ataturk reached out to the Bolsheviks in the early 1920s.) Lavrov gently glided over the pages of contemporary history. He said in Istanbul that post-Soviet Russia didn't feel any "restraining factors" on account of Turkey's NATO membership as long as the two powers remained "truly sincere, truly trustful and truly mutually respectful". What did he mean?
A este respecto, no me resisto a contar una anécdota que le escuché también a Teodoro Petkoff. Tomó un taxi en el centro de Caracas y fue reconocido por el chofer. Éste era un médico cubano que, en sus ratos libres, hacía de taxista para mejorar sus ingresos. Estaba ya un buen tiempo en Venezuela y, ciertamente, muy contento. Lo que más le alegraba era la abundancia que advertía por doquier, en los almacenes, tiendas y mercados, un gran contraste con los desvaídos y misérrimos puestos de venta de productos domésticos donde se aprovisionan en la isla los cubanos de a pie. Puestos a conversar, el médico-taxista le confesó a Petkoff esta debilidad: "Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas". Si después de medio siglo de revolución, ese símbolo quintaesenciado del capitalismo despierta semejantes emociones en un cubano nacido y educado bajo la prédica ideológica de Fidel Castro, ¿quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene los días contados?Ignoro si en realidad Petkoff le contó esto a Vargas Llosa. Ignoro si Petkoff se inventó la historia. Ignoro si es una debilidad del novelista Vargas Llosa que se impone al periodista Vargas Llosa. (No sería extraño: "Hasta mis debilidades son más fuertes que yo", nos advierte el bueno de Felipe en una de las tiras de Mafalda.) La verdad, no me extrañaría encontrarme a un médico cubano trabajando de taxista "por la izquierda" en Caracas para aumentar su magro salario. Incluso estaría dispuesto a concederle el beneficio de la duda al médico cubano —o a cualquier cubano, puestos a ello— que me dijera que no probó la Coca Cola hasta que salió de Cuba, aunque eso último me temo que en buena medida habría sido responsabilidad suya. Ahora, que vio por primera vez en su vida una botella de Coca Cola en Caracas... Cuando lo leí, me vino en seguida a la mente aquello de Les Luthiers: "Cantalicio Luna vio la luz en la provincia de Buenos Aires a los dieciocho años... la madrugada en que llegó de Santiago del Estero, donde había nacido".
Vladimir tiene diez mil tanques y usted tiene tres. ¿Por qué iniciaría usted una guerra? Argumente.Aquí esta el segmento completo.
Era de noche y los hombres de Acaya, sentados alrededor de la hoguera, se acercaron todavía más ella.
—Esa carne de carnero estaba otra vez que daba asco —exclamó Tersites hurgándose los dientes—. Me extraña a mí, aqueos, que os la traguéis todo. Apostaría que ellos tuvieron para cenar, por lo menos, corderillos tiernos. Pero ¡claro está!, para los viejos soldados como nosotros, el carnero maloliente es más que suficiente. ¡Cuando recuerdo la hermosura de carneros que hay en nuestra Grecia!
—Déjate de romances —gruñó papá Eupator—. La guerra es la guerra, ya se sabe...
—Guerra... Por favor, ¿a qué llamas tú guerra? ¿Al hecho de que pronto hará diez años que vegetamos aquí por nada y para nada? Muchachos, yo os diré lo que ocurre: No se trata de guerra alguna, sino de que los señores estrategas y dignatarios hicieron una excursión a cuenta del estado. Y nosotros, viejos soldados, tenemos que quedarnos embobados viendo cómo cualquier mequetrefe, mocoso y niño mimado deambula por los campos y presume con su escudo. Así es la cosa ¡caramba!
—¿Te refieres a Aquiles? —dijo el joven Laomedonte.
—A ése o a otro —declaró Tersites—. El que tiene algo dentro de la cabeza sabe a quién le va bien lo que digo... Señores, eso no nos lo puede hacer creer nadie. Si se tratara solamente de conquistar a esa estúpida Troya, ya la tendríamos en nuestro poder hace tiempo. Hubiera bastado con estornudar un poco fuerte para que hubiera caído hecha escombros. ¿Por qué no se intenta un ataque contra la puerta principal? ¿Sabéis? Un ataque imponente, minuciosamente preparado, un asalto con gritos, amenazas y canciones guerreras, y estoy seguro de que la guerra terminaría en seguida.
—¡Hum!... —murmuró el prudente Eupator—, con gritos no caerá Troya.
—Estás muy equivocado —cacareó Tersites—. Hasta los niños saben que los troyanos son unos cobardes, miedosos, sarnosos y vagabundos. Bastaría con enseñarles bien una sola vez quiénes somos los griegos. Ya veríais cómo salían gimiendo y pidiendo misericordia. Sería suficiente que atacásemos a las mujeres de Troya, cuando salen al anochecer por agua.
—Atacar mujeres.... eso no se hace, amigo Tersites —dijo alzándose de hombros Hipodamio.
—La guerra es la guerra —gritó Tersites con arrojo—. ¡Sí que eres tú un buen patriota! Hipodamio, ¿crees que ganaremos la guerra por el hecho de que su señoría Aquiles, organice cada trimestre un encuentro público con ese mentecato de Héctor? Hombre, esos dos están de acuerdo, de eso no hay duda, y lo tienen todo bien ensayado. Sus peleas son una exhibición, para que los infelices crean que se están sacrificando por ellos. ¡Eh, troyano, eh, heleno! ¡Venid a mirar embobados a los señores héroes! Y los demás no somos nadie, nuestros sufrimientos no valen un pepino, por nosotros ni ladra un perro... Yo os diré una cosa, aqueos. Aquiles se hace el héroe solamente para recoger los laureles y privarnos de ellos a nosotros de nuestros derechos como guerreros. Quiere que se hable solamente de él, como si él lo fuera todo, y los demás, sólo basura. Así está el asunto, jóvenes. Y esta guerra se arrastra tantos años, para que el señor Aquiles pueda envanecerse como quién sabe qué héroe. Me extraña que no lo veáis.
—Oye, Tersites, por favor, ¿qué te ha hecho Aquiles? —exclamó el joven Laomedonte.
—¿A mí? ¡Ni lo más mínimo! —contestó exaltado Tersites—. ¿Te crees que me importa algo? Si lo quieres saber, ni siquiera le hablo. Pero todos están ya hartos de ver cómo ese tipo se hace el importante. Por ejemplo: eso de que esté enfadado y no quiera salir de su tienda de campaña. Vivimos en unos momentos históricos, en los que está en juego el honor de nuestra Hélade; todo el mundo tiene puestos sus ojos en nosotros, ¿y qué hace el señor héroe? Se revuelca en su tienda y dice que no va a luchar más. ¿Quizás tenemos nosotros que trabajar como esclavos, para escribir este momento histórico y salvar el honor de toda la Hélade? Pero así son las cosas... Cuando llega el momento de dar la cara, Aquiles se siente ofendido.... ¡Puf! ¡Vaya comedia! ¡Ahí tenéis a eso héroes nacionales....! Unos cobardes es lo que son....
—Yo no sé, Tersites —respondió el bonachón de Eupator—. Según dicen, Aquiles está terriblemente ofendido, porque Agamenón envió con sus padres a su esclava... ¿cómo se llama ella? Briseida o Criseida, o algo parecido. Aquiles Peleo lo ha tomado como una cuestión de prestigio, pero a mi parecer, es que estaba realmente enamorado de la muchacha. Caramba, eso no es ninguna comedia.
—¡A mí me lo vas a contar! —dijo Tersites—. Yo sé muy bien cómo fue la cosa. Sencillamente, Agamenón le quitó la chica, ¿estamos? Desde luego, hay que ver las joyas que ya tiene robadas, y la carne de mujer le gusta más que las morcillas a los gatos. ¡Y estamos cansado de tantas cuestiones de faldas! Por culpa de esa perdida de Helena empezó la guerra y, ahora, este otro asunto. ¡Habéis oído que en los últimos, Helena se entiende con Héctor? Señores míos, a ésa ya la tuvo en Troya todo el que quiso, hasta ese anciano que está con un pie en la tumba, el mohoso de Príamo. ¿Y por una fulana así tenemos que sufrir y luchar? Muchas gracias, no tengo ganas.
—Se dice —comentó un poco avergonzado el joven Laomedonte—, que Helena es muy bella.
—Se dice... —contestó Tersites con desprecio—. Ya es una florecita más que marchita... y, además, una perdida que no tiene igual. Yo no daría por ella ni un pepino. Jóvenes, ¿sabéis que os digo? Le desearía a ese estúpido de Menéalo que ganáramos esta guerra y le dieran de nuevo a su Helena. Toda la belleza de ella consiste en un poco de leyenda, un poco de fantasía y un poco de maquillaje.
—¿Entonces nosotros, los dánaos —exclamó Hipodamio—, luchamos solamente por una simple leyenda?
—Querido Hipodamio —respondió Tersites—, parece ser que no ves las cosas claras. Nosotros los helenos, luchamos, primero: para que ese viejo zorro de Agamenón recoja sacos de botín; segundo, para que el presumido de Aquiles aplaque su insaciable ambición; tercero, para que el embustero de Odiseo nos robe los suministros de guerra y, finalmente, para que un cantante de feria pagado por ellos, un tal Homero o no sé cómo se llama ese pelele, por un par de cochinos reales glorifique a los mayores traidores de la nación griega, y al hacerlo, llene de vergüenza o, por lo menos, silencie, a los verdaderos, sencillos y abnegados héroes de Acaya, como sois vosotros. Así es la cosa, Hipodamio.
—Los mayores traidores... —dijo Eupator—. Esa palabra, Tersites, es un poco fuerte...
—Pues para que lo sepáis —soltó Tersites y apagó la voz—, yo tengo pruebas de su traición. Señores, es terrible. Yo no voy a decir todo lo que sé, pero hay una cosa que no debéis olvidar: estamos vendidos. Eso lo tenéis que ver vosotros mismos. ¿Acaso sería posible que nosotros, los griegos, la nación más valiente y más adelantada del mundo, no hubiéramos conquistado todavía ese basurero de Troya, y no hubiéramos dado ya cuenta de esos mendigos y granujas de no haber sido vendidos y traicionados hace años? ¿Acaso tú, Eupator, nos consideras a los aqueos como a perros cobardes, incapaces de acabar con esa cochina Troya? ¿Acaso son los soldados troyanos mejores que nosotros? Óyeme, Eupator, si piensas eso, no puedes ser griego, sino solamente epirota o tracio. Un verdadero griego, hombre del mundo antiguo, tiene que sentir con pena en qué vergonzosa corrupción vivimos.
—La verdad es —dijo pensativo Hipodamio—, que esta guerra se está prolongando miserablemente.
—¿Lo ves? —gritó Tersites—. Y yo te diré por qué: porque los troyanos tienen sus aliados y ayudantes entre nosotros. Quizás sabéis a quién me refiero.
—¿A quién? —dijo severamente Eupator—. Ahora, Tersites, ya has ido demasiado lejos para poder callar.
—No me gusta decirlo —se defendió Tersites—. Vosotros, dánaos, ya me conocéis y sabéis que no soy chismoso, pero si creéis que es en interés del pueblo, os diré una cosa terrible. Un día, conversaba yo con unos cuantos buenos y valientes griegos. Como patriotas, hablábamos de la guerra y del enemigo, y como mi naturaleza es abierta, estaba diciéndoles que los troyanos, nuestros principales y más encarnizados enemigos, son un hatajo de cobardes, ladrones, inútiles, harapientos y unas ratas; que su Príamo es un abuelo senil y su Héctor un cobarde. Reconoceréis, desde luego, el verdadero sentido que tienen en griego estas palabras. Y de pronto, sale de la sombra el mismo Agamenón —ya no le da vergüenza espiar— y dice: Despacio, Tersites. Los troyanos son buenos soldados, Príamo es un anciano justo y Héctor es un héroe. Después se dio la vuelta sobre sus talones, y desapareció antes de que pudiera contestarle como se merecía. Señores, yo me quedé como escaldado. Caramba —me dije— ya sabemos de dónde sopla el viento. Ahora ya conocemos al que lleva a nuestro campamento la propaganda enemiga, el desaliento y el desastre. ¿Cómo tenemos, pues, que ganar la guerra, si esos malvados troyanos tienen su gente, sus representantes, en medio de nosotros, ¡bah! todavía peor, directamente en nuestra tienda de campaña principal? ¿Y creéis vosotros, aqueos, que esos traidores hacen su trabajo demoledor sin más ni más? No, señores míos, ése no va gratuitamente alabando hasta el cielo a nuestros enemigos nacionales... Ése, ¡caramba!, tiene que recibir sus buenas monedas de Troya. Meditad un poco sobre el asunto, jovencitos. La guerra se prolonga a propósito, Aquiles se ha ofendido intencionadamente, nuestros soldados dejan oír solamente sus protestas y su nostalgia, por todas partes crece la indisciplina —en resumen, todo es una verdadera estafa y un robo. Mires a quien mires, es un traidor, un vendido, un extraño y un usurero. Y cuando uno descubre sus fintas, dicen que es un elemento desmoralizador y destructor. Eso es lo que saca un natural del país por querer, sin tener en cuenta quién hay a derecha o a izquierda, servir a su nación, a su honor y a su gloria. ¡Hasta este extremo hemos llegado nosotros, antiguos griegos! ¡Parece mentira que nos hundamos en todo este barro! Un día se escribirá sobre nuestra época como del período de más profunda profanación, vergüenza, mezquindad y traición, falta de libertad, destrucción, cobardía, corrupción y decadencia de la moral...
—Eso siempre ha pasado y seguirá pasando —bostezó Eupator—, y yo me voy a dormir. ¡Buenas noches, gentecita!
—Buenas noches —exclamó cordialmente Tersites, desperezándose a su gusto—. ¿Pero verdad que hemos tenido hoy una charla agradable?
—Me preguntas, Benjanán, si él es culpable. El caso es el siguiente: yo no he sido el que lo ha condenado a muerte. Se lo envié a Caifás; que te diga Caifás qué delito ha encontrado en él. Personalmente, no tengo nada que ver en este asunto.
Yo soy un viejo práctico, Benjanán, y te lo digo abiertamente. Creo que sus enseñanzas eran, hasta cierto punto, de buen fondo. Ese hombre tenía razón en muchas cosas, Benjanán, y su intención era honrada; pero su táctica, muy mala. De esa forma nunca puede ganar nadie. Hubiera hecho mejor escribiendo un libro sobre todo ello y publicándolo. La gente lo hubiera leído y se hubiera dicho: Es un libro flojo, o interesante, en él no se encuentra nada nuevo... y cosas parecidas, en fin, lo que se dice generalmente de los nuevos libros. Pero al cabo de algún tiempo hubieran empezado a escribir sobre esto o aquello otras personas, y después otras; y por lo menos, hubiera conseguido inculcar algo. No toda su doctrina, desde luego; pero eso, una persona con sentido común ni siquiera lo desea. Basta con asentar una o dos de sus ideas. Así se hace y no de otra forma, querido Bejanán, cuando se quiere arreglar el mundo. Para eso ha de tenerse paciencia e ir suavemente. Te lo digo; ha de usarse la táctica apropiada. ¿Para qué sirve la verdad si no sabemos hacerla valer
Y ésa fue su mayor falta, que tuvo paciencia. Quería redimir al mundo en un dos por tres y hasta contra la voluntad de los salvados. Y eso es imposible, Benjanán. No debía haber ido hacia su meta tan directamente y con tanta brusquedad. La verdad se debe ir metiendo poco a poco, a cachitos; aquí un poquito, allá otro poco... para que la gente se vaya acostumbrado a ella. Y no que, de pronto, comienza: “Da todo lo que tienes...” y esto y lo otro. Ése es mal método. Además, debía haber tenido más cuidado con lo que hacía. Por ejemplo, aquello de ir con el látigo a arrojar a los mercaderes del Templo... ¡Si ellos son también buenos judíos, hombre, y tienen que vivir de algo! Yo sé que las casas de cambio no deben estar en un templo, pero siempre han estado allí. Entonces, ¿para qué tantos romances? Debía haberse quejado de ellos en el Sanedrín y en paz. El Sanedrín quizás hubiera ordenado que pusieran las mesas un poco más lejos y todo hubiera acabado bien. La importancia está siempre en la manera de hacer las cosas. El hombre que quiere conseguir algo en este mundo, no debe perder la cabeza y tiene que saberse dominar. Debe tener un frío y calculado sentido de las cosas. Lo mismo que esas asambleas de multitudes que hacía.... Ya sabes, Benjanán, a ninguna autoridad le gusta eso. O el que se dejara recibir tan pomposamente cuando llegó a Jerusalén. No tienes idea de la mala sangre que eso hizo. Debía haber entrado a pie y haber saludado aquí y allá... Así hay que hacer las cosas si se quiere tener alguna influencia. Hasta he oído decir que se dejó invitar por un publicano romano, pero no puedo creerlo; una torpeza así no la hubiera cometido. A la gente le gusta mucho desacreditar. Y no debía haber hecho milagros, eso tenía que acabar mal. Dilo tú mismo; a todos no los puede ayudar y aquéllos a quien no hizo milagro alguno, le tomaron rabia. O la de la mujer adúltera, eso sí que ocurrió, estoy seguro, Benjanán, y fue un grave error de táctica. ¡Decir a la gente en el juicio que tampoco ellos estaban libres de culpa! Si fuera así, ¿acaso podría haber en el mundo justicia alguna? Te lo digo, Benjanán, cometió una falta tras otra. Debía haber enseñado solamente y dejarse de hechos. No debió tomar sus enseñanzas tan al pie de la letra, no debió quererlas poner en práctica en seguida. Su método fue malo, querido Benjanán. Dicho sea entre nosotros, podía tener razón en muchas cosas, pero su táctica fue dudosa. Claro, no podía acabar de otra manera...
No te devanes los sesos con eso, Benjanán; todo está en orden. Fue un hombre justo, pero si quería salvar al mundo no debía haber sido tan radical. ¿Si fue condenado en justicia? ¡Vaya cuestión! Sí, te digo que, tácticamente, tenía que perder.
CAIFÁS
—Siéntate, mi querido Benjanán, estoy a tu servicio. Así que te interesa saber mi opinión, sobre si ese hombre fue crucificado justamente. Eso es muy sencillo, querido Benjanán. Primero: a nosotros no nos importa, porque no somos los que lo hemos condenado a muerte. Solamente lo entregamos al señor Procurador romano, ¿no es cierto? ¿Para qué hablar de responsabilidad en este asunto? Si lo condenaron justamente, está bien; si se ha cometido una injusticia, entonces, la culpa es de los romanos y se lo podremos echar en cara cuando nos convenga. Así está el asunto, querido Benjanán. Este caso se debe considerar políticamente. Por menos yo, como Sumo sacerdote, tengo que tener en cuenta el alcance político de cada cosa. Suponte tú, amigo: los romanos nos han librado de una persona que, ¿cómo diría yo?... por ciertos motivos no nos era grata. Y además, la responsabilidad recae sobre ellos...
¿Cómo dices? ¿Que cuáles son esos motivos? Benjanán, Benjanán... me parece que esta generación no tiene bastante sentido patriótico. ¿Pero acaso no comprendes cómo nos perjudica el que se ataque a nuestras autoridades reconocidas, como son los fariseos y los legisladores? ¿Qué van a pensar los romanos de nosotros? ¡Si eso es destruir el orgullo personal de la nación! Por motivos patrióticos debemos ayudar a levantar el prestigio de la nación, si queremos evitar que ésta caiga bajo la influencia extranjera. El que quita a Israel la fe en los fariseos trabaja a favor de los romanos. Y nosotros hemos arreglado las cosas de manera que el asunto ha sido resuelto por los propios romanos. A eso se le llama política, Benjanán. Y ahora uno encuentra todavía tontos que se preocupan de si fue o no crucificado en justicia. Recuerde usted, jovencito, que el interés de la patria está ante todo. Yo sé muy bien que nuestros fariseos tienen sus defectos. Aquí entre nosotros, son unos charlatanes sin vergüenza. Pero no podemos permitir que nadie menoscabe su autoridad. Ya sé, Benjanán.... Tú eras discípulo suyo y te gustaban sus enseñanzas: eso de que debemos amar a los semejantes e incluso a los enemigos y demás historias. Pero, dilo tú mismo: ¿nos ayuda con eso a nosotros, los judíos?
Y todavía una cosa más. No debía haber ido diciendo que venía a salvar el mundo, que era el Mesías y el Hijo de Dios y qué sé yo cuántas historias... Sabemos muy bien que era de Nazaret... Por favor, di tú, ¿qué Salvador del mundo ni qué ocho cuartos? Hay todavía gente que lo recuerda como hijo de José, el carpintero. ¿Y ese hombre quería salvar el mundo? ¿Pero qué se había creído? Yo soy un buen judío, Benjanán, pero ¡que nadie me venga con que cualquier paisano nuestro puede salvar el mundo! Eso sería tener una idea demasiado elevada de nosotros mismos. Hombre, no diría nada si hubiera sido romano o egipcio. ¿Pero un judiíto así de Galilea? ¡Si es cosa de risa! Eso de que vino al mundo para redimirlo, que se lo cuente a otros, Benjanán, pero a nosotros, no. ¡A nosotros, no! ¡A nosotros, no!
Por la mañana llegó un mensajero del lindero del bosque con la noticia de que, hacia el sudeste, se había visto al anochecer un resplandor rojizo. Aquel día había caído de nuevo una llovizna fría, los troncos, mojados, no quería arder; tres personas del grupo escondido en la hondonada murieron de disentería. Porque ya no había que comer, se marcharon dos hombres en busca de los pastores de los linderos del bosque. Volvieron al anochecer, mojados y terriblemente extenuados. Con dificultad lograron decir que la situación era mala; las ovejas se morían y las vacas se hinchaban. Los pastores se les habían venido encima con cachiporras y cuchillos, cuando uno de ellos quiso llevarse un becerrito que les había confiado antes de marcharse al bosque.
—Recemos —dijo el cura, que sufría de disentería—. Dios se apiadará de nosotros.
—Kriste eleison —clamó en voz alta todo el abatido grupo. En aquel instante estalló una ruidosa discusión entre las mujeres por unos trapos de lana.
—¡Otra vez esas malditas abuelas! —gritó el alcalde y fue a sacudirlas con el látigo. Así disminuyó la tensión inusitada y los hombres empezaron a sentirse, de nuevo, hombres.
—Aquí no llegarán esos yegüeros —dijo uno de barbas—. ¡Qué va! A esta hondonada y bajo estos arbustos.... Dicen que tienen caballos pequeños y enjutos como cabras.
—Yo diría —objetó cierto hombrecito excitado—, que debíamos habernos quedado en la ciudad. Pagamos una cantidad tan enorme por las murallas. Por ese dinero podrían haberse hecho murallas imponentes, ¿no es eso?
—Claro —sonrió un bachiller tuberculoso—. Por ese dinero podrían ser murallas de mazapán. Ve a darles un mordisco... Mucha gente se hartó con ellas, quizás haya quedado algo para ti.
El alcalde resopló amenazador. Aquella conversación no era de las más apropiadas para el momento.
—Yo diría —continuó con su idea el excitado ciudadano—, que la caballería contra murallas así... La cosa era no dejarles entrar en la ciudad; y podíamos ahora estar a salvo.
—Pues vuélvete a la ciudad y métete en la cama —le aconsejó el hombre de las barbas.
—¿Qué iba a hacer allí yo solo? —objetó el excitado hombrecito—. Lo único que digo es que debíamos habernos quedado en la ciudad y habernos defendido. Después de todo, tengo derecho a opinar y a decir que se cometió un error, ¿no? ¡Tanto costaron esas murallas, y luego se dice que no sirven para nada! ¡Háganme el favor!
—Sea como sea —dijo el cura—, debemos confiar en la ayuda de Dios, hijitos. ¡Si ese Atila es solamente un pagano!
—¡El azote de Dios! —se oyó decir al monje sacudido por escalofríos—. ¡Castigo de Dios!
Los hombres, disgustados, callaron. Aquel monje fogoso siempre estaba dispuesto a predicar y, después de todo, ni siquiera pertenecía al Municipio. “¿Para qué tenemos a nuestro propio cura? —pensaron los hombres—. Ese es nuestro, está de nuestra parte y no maldice tanto contra nuestros pecados. Como si, después de todo, pecáramos tanto” —meditaban amargados.
La lluvia había cesado, pero todavía las pesadas gotas resbalaban de las copas de los árboles.
—Dios mío, Dios mío —se quejó el cura que sufría por su enfermedad.
Al anochecer los centinelas trajeron a un agotado fugitivo; decían que era un fugitivo del Este, del territorio invadido.
El alcalde, envanecido, empezó a interrogar al fugitivo. Tenía, desde luego, la opinión de que un asunto oficial de esa clase, debía tratarse con la mayor severidad.
—Sí —dijo el jovencito—. Los hunos están solamente a unas once millas de aquí y siguen avanzando, aunque despacio.
Ocuparon su ciudad y los vio. No, a Atila no lo había visto, sino a otro general, uno gordote. ¿Que si habían quemado la ciudad? No, no la quemaron. Aquel general había lanzado una proclama diciendo que la población civil no sufriría daño alguno si la ciudad daba bebida y provisiones y no sé cuántas cosas más. Y que la población debía abstenerse de toda clase de manifestaciones hostiles contra los hunos o, en caso contrario, se tomarían las más severas medidas y represalias.
—¡Pero si esos paganos asesinas a las mujeres y a los niños! —afirmó con seguridad el hombre de las barbas.
El jovencito decía que no. En su ciudad, no. Él mismo había estado escondido entre el heno, pero cuando su madre le dijo que se contaba que los hunos se llevaban a los hombres jóvenes para conducir los rebaños, huyó por la noche. Eso era todo lo que sabía.
Los hombres no estaban satisfechos.
—Es cosa sabida —declaró uno— que cortan de un tajo las manos a los niños de pecho, y lo que hacen con las mujeres no se puede ni contar.
—Yo de esas cosas no he oído nada —dijo el jovencito como disculpándose.
Por lo menos, en su pueblo no había ocurrido nada tan terrible. ¿Y qué cuántos eran esos hunos? Alrededor de unos doscientos; más no.
—¡Mientes! —gritó el de las barbas—. Todo el mundo sabe que hay más de quinientos mil. Y a donde van, asesinan a todos o los arrojan de allí.
—Cierran a la gente en los graneros y los queman —dijo otro.
—Y a los niños los atraviesan con sus lanzas —añadió un tercero excitado.
—Y los asan al fuego —continuó un cuarto sorbiéndose el moco—. ¡Paganos malditos!
—¡Dios, Dios! —gimió el cura—. Dios, ten compasión de nosotros.
—Tú me pareces muy raro —dijo el de las barbas al jovencito, con desconfianza—. ¿Cómo puedes decir que has visto a los hunos, si estabas escondido en el heno?
—Mi madre los ha visto —tartamudeó el jovencito—, y me llevaba la comida al porche.
—¡Mientes! —retronó el de las barbas—. Sabemos muy bien que allá donde llegan los hunos, arramblan con todo y lo dejan como si hubiera pasado la langosta. Ni una hoja en los árboles queda después de su paso, ¿comprendes?
—¡Dios de los cielos, Dios de los cielos! —empezó a gemir histéricamente el excitado ciudadano—. ¿Y por qué, por qué ocurre esto? ¿Quién ha tenido la culpa de ello? ¿Quién les ha dejado llegar hasta aquí? Tanto hemos pagado por el ejército... ¡Dios de los cielos!
—¿Que quién los ha dejado entrar hasta aquí? —respondió burlón el estudiante—. ¿Tú no lo sabes? Pregúntale al emperador de Bizancio quién llamó a esos monos amarillos. Caramba, como si hoy no supiera ya todo el mundo quién paga el traslado de las naciones. A eso se le llama alta política, ¿sabes?
El alcalde lanzó un solemne resoplido.
—Eso que decís son tonterías. La cosa es completamente diferente. Esos hunos se morían de hambre en su país, ¡canalla holgazana! Trabajar no saben, civilización no tienen ninguna, y se quieren hartar... Por eso han venido hasta aquí, para podernos... eso, arrebatar... los frutos de nuestro trabajo. Solamente a robar y a repartirse el botín, y otra vez hacia delante, ¡inútiles!
—Son unos paganos ignorantes —dijo el cura—. Salvajes e irracionales. Nuestro Señor quiere así probar nuestra fe. Recemos y demos gracias y todo volverá de nuevo a la normalidad.
—¡El azote de Dios! —comenzó a predicar excitado el fogoso monje—. Dios os castiga por vuestros pecados, Dios es el que envía a los hunos y os aniquilará como a Sodoma. Por vuestras fornicaciones y maldiciones, por la dureza e impiedad de vuestros corazones, por vuestra avaricia y gula, por vuestro culpable bienestar y vuestro dinero. Dios os repudió y os entregó en manos del enemigo.
El alcalde gruño amenazador.
—Cuidado con el hocico, Dómine, que aquí no está en la iglesia, ¿estamos? Han venido a hincharse las panzas y nada más. Son unos gandules, pordioseros y miserables.
—Política es esto —continuó con su idea el bachiller—. Veo bien la mano de Bizancio.
—¡Nada de Bizancio! Eso lo hicieron los caldereros y nadie más. Hace tres años que estuvo aquí un calderero ambulante y, precisamente, tenía un caballo pequeño y seco como los que llevan los hunos.
—¿Y qué tiene que ver eso? —preguntó el alcalde.
—Esta muy claro —gritó el hombre negruzco—. Aquellos caldereros iba delante para ver lo que había que robar en cada parte... ¡Eran espías! Todo esto lo prepararon los caldereros. ¿Qué buscaban aquí? ¿Qué, qué? ¿Para qué venían si en la ciudad había estañeros establecidos? Para estropear el oficio y espiar. En su vida fueron a la iglesia... hacían brujerías... echaban mal de ojo al ganado... ¡hasta rameras llevaban consigo! ¡Todo lo hicieron los caldereros!
—Algo hay de verdad en eso —consideró el de las barbas—. Los caldereros son gente rara. Dicen que hasta comen la carne cruda.
—Una banda de ladrones —confirmó el alcalde—. Roban las gallinas y todo lo que pueden.
El estañero se ahogaba de justa indignación.
—¡Ya lo veis! Se dice que Atila y, mientras tanto, son los caldereros. ¡De todo, de todo tienen esos malditos la culpa! Nos embrujaron el ganado, nos enviaron la disentería. ¡Todo lo hicieron los caldereros! Debíais haberlos colgado en cuanto se presentaban. ¿Acaso no sabéis... no habéis oído hablar de las calderas del infierno? ¿Y no habéis oído decir que esos hunos se acompañan en sus marchas con golpes en las calderas? Hasta un niño ha de comprender la relación existente. Esos caldereros son los que han traído la guerra... los caldereros son los culpables de todo. Y tú —gritó con la boca llena de espuma, señalando al jovencito forastero—, tú eres también un calderero, estás acuerdo con los espías y caldereros. Por eso has venido... Querías aturdirnos con tus historias, ¡calderero!, querías traicionarnos.
—¡Que lo cuelguen! —silbó el excitado hombrecito.
—Esperad, vecinos —tronó la voz del alcalde sobre el tumulto—. Eso hay que investigarlo bien. ¡Silencio!
—¿Para qué tantos romances? —gritó alguien.
Empezaron a alterarse hasta las mujeres.
Aquella noche resplandeció el Noroeste como una inundación de fuego. Lloviznaba... Cinco personas del grupo murieron de disentería y catarro.
Un erudito y experto famoso llamado Procopio, entusiasta coleccionista y admirador del arte bizantino, se presentó un día en el Monasterio de San Simón para hablar con el padre prior, llamado Nicéforo. Nuestro visitante, muy excitado, paseaba por los pasillos del santo lugar.
<<Bonitos remates de pilar tienen aquí —se decía— seguramente del siglo V. Solamente Nicéforo nos puede ayudar, tiene gran influencia en la Corte y en su tiempo fue pintor. ¡Y no era mal pintor ese vejete! Recuerdo que diseñaba bordados para la emperatriz y le pintaba iconos. Por eso le hicieron abad de este Monasterio, cuando las manos se le agarrotaron a causa del artritismo, hasta el punto de no poder sostener un pincel en ellas. Y, según dicen, su palabra aún tiene valor en la Corte. ¡Cristo Jesús! Ésa sí que es una cabeza hermosa. Sí, Nicéforo ayudará. Ha sido una suerte que nos acordáramos de Nicéforo.>>
—Bienvenido, Procopio —oyó decir tras sí a una voz blanda.
Procopio se volvió bruscamente. Ante él estaba un sonriente y seco viejecito, con las manos escondidas en las mangas.
—Un hermoso remate de pilar, ¿no es eso? —dijo—. Viejo trabajo de Naxos, amigo.
Procopio besó la manga del abad.
—He venido a verle a usted, padre —empezó exaltado, pero el prior del monasterio le interrumpió:
—Ven a sentarte al sol, querido mío. A mi edad, eso hace mucho bien. ¡Qué día, Dios mío, cuánta luz! ¿Y bien? ¿qué te trae por aquí, hijo? —añadió cuando se sentaron en el banco de piedra, en medio del jardín del Monasterio, en el que zumbaban las abejas y se sentía el perfume de la salvia, el espliego y la menta.
—Padre —empezó a decir Procopio—, me dirijo a usted como al único que puede evitar una terrible e irreparable catástrofe cultural. Sé que usted me comprenderá, porque es usted artista. ¡Qué pintor era usted, padre mío, antes de tomar sobre sus espaldas la noble responsabilidad de su cargo espiritual! Dios me perdone, pero a veces lamento que no haya continuado usted inclinado sobre sus planchas de madera, de las que en otros tiempos, hacía surgir algunos de los más hermosos iconos bizantinos.
El padre Nicéforo, en lugar de responder, se arremangó las largas mangas de su hábito y puso al sol sus pobres manos pequeñas y nudosas, encogidas por el artritismo como las garras de un loro.
—¡Pero no! —dijo solamente—. ¿Por qué dices eso, hijo mío?
—Si es verdad, Nicéforo —contestó Procopio—. (Madre de dios, qué manos tan terribles tiene.) Vuestros iconos son hoy día de un valor incalculable. No hace mucho, un judío pedía por un cuadro vuestro dos mil dracmas, y cuando se negaron a dárselas, dijo que esperaría y dentro de diez años le darían tres veces más.
El padre Nicéforo tosió modesto y enrojeció de alegría.
—¡No me digas! —murmuró—. Por favor, ¿quién hablaría de mi pobre arte? No es necesario... Tenéis maestros tan queridos como, por ejemplo, Argirópulos, Malvasias, Papadianos, Megalocastros y tantos otros. Y ése... ¿cómo le llaman? El que hace los mosaicos.
—¿Quiere usted decir Papanastasio? —preguntó Procopio.
—Sí, sí —gruñó Nicéforo—. Dicen que tiene mucho valor. En fin, yo no sé, pero en los mosaicos veo más bien trabajo de albañilería que verdadero arte. Dicen que vuestro... como le digan...
—¿Papanastasio?
—Sí, Papanastasio. Dicen que es de Creta. En mis tiempos la gente miraba la escuela de Creta de otro modo. <<No es lo verdadero>>, decían. Una línea demasiado dura. ¡y esos colorines! Así pues, ¿tú dices que ese cretense es terriblemente apreciado? Mmm... ¡es extraordinario!
—Yo no he dicho nada parecido —se defendió Procopio—. Pero, ¿ha visto usted sus últimos mosaicos?
El padre Nicéforo movió con decisión la cabeza.
—No, no, querido mío, ¿qué tendría que ver en ellos? Líneas como alambres y, además, de un color oro chillón. ¿Has visto que en su último mosaico está el arcángel Gabriel tan inclinado como si se estuviera cayendo? ¡Si el cretense ese no sabe todavía cómo pintar un muñeco para que esté en pie como es debido!
—Bueno —objetó Procopio—, en realidad lo hizo así por motivos de composición.
—¡Pues le doy muchísimas gracias! —soltó el abad, hinchando excitadamente su rostro—. ¡Por motivos de composición! Entonces, por motivos de composiciones puede pintar mal, ¿no es eso? Y el mismo emperador fue a verlo y dijo: Interesante, muy interesante. —El padre Nicéforo dominó su indignación.— El dibujo, señor mío, es, ante todo, dibujo. En ello está todo el arte.
—Se ve que habla un maestro —le lisonjeó rápido Procopio—. Yo tengo en mi colección su Ascensión, pero le digo, padre, que no la daría por ningún Nicaón.
—Nicaón fue un buen pintor —dijo Nicéforo con decisión—. Escuela clásica, señor mío. ¡Aquéllas sí que eran hermosas proporciones! Pero mi Ascensión es un cuadro flojo, Procopio. Esas figuras inmóviles y ese Cristo con alas, como una cigüeña... Hombre, Cristo tiene que poder volar hasta sin alas. ¡A eso se le llama arte!
El padre Nicéforo se sonó en la manga excitado.
—No hay nada que hacer... entonces yo no sabía todavía dibujar. No había en ello profundidad ni movimiento.
Procopio miró sorprendido las manos retorcidas del abad.
—Padre, ¿usted todavía pinta?
—Pero no... no... —dijo el padre Nicéforo negando con la cabeza—. Sólo, de vez en cuando, ensayo algo para alegrarme.
—¿Figuras? —exclamó Procopio.
—Figuras, hijo, no hay nada más hermoso que las figuras. Figuras de pie que parecen como si quisieran echar a andar. Y tras ellas fondo, en el que se diría que podían entrar. Es difícil, querido. ¿Qué sabe de eso un tal como vuestro... bueno, como se llame, ese albañil de Creta con sus muñecos pintados?
—Me gustaría ver sus nuevos cuadros, Nicéforo —dijo Procopio.
El padre Nicéforo hizo un movimiento con la mano.
—¿Y para qué? ¡Si tenéis a vuestro Papanastasio! <<Tremendo artista>>, decís vosotros. Caramba, ¡por motivos de composición! Bien; si los muñecos de sus mosaicos son arte, entonces, no sé lo que es pintar. Tú, desde luego, eres un experto, Procopio. Seguramente tienes razón cuando dices que Papanastasio es un genio.
—Yo no he dicho eso, Nicéforo —protestó Procopio—. No he venido aquí para discutir con usted de arte, sino para protegerlo antes de que sea tarde.
—¿Contra Papanastasio? —preguntó vivamente Nicéforo.
—No, contra el emperador. ¡Si usted lo sabe! Su Majestad Constantino Copronimo quiere, bajo la presión de ciertos círculos eclesiásticos, prohibir la pintura de iconos. Dicen que es idolatría o algo parecido. ¡Una insensatez así, Nicéforo!
El abad cubrió sus ojos con sus mustios párpados.
—Ya he oído hablar de eso, Procopio —murmuró—. Pero todavía no hay nada concreto. No, todavía no es seguro.
—Precisamente por eso he venido a verle, padre —habló calurosamente Procopio—. Todo el mundo sabe que para el emperador es solamente una cuestión política. ¡Un diablo le importa a él eso de la idolatría! Pero quiere tener tranquilidad, y cuando por las calles va una gentuza, dirigida por sucios fanáticos, gritando <<fuera los idólatras>>, nuestro poderoso emperador piensa que es mejor complacer a esos mendigos harapientos. ¿Sabe que han borrado los frescos de la capilla del Amor de los Amores?
—Había oído hablar de ello —suspiró el abad con los ojos entornados—. ¡Qué pecado, Madre de Dios! ¡Unos frescos tan extraordinarios de la misma mano de Estefanides! ¿Recuerdas la figura de Santa Sofía, a la izquierda de Cristo bendiciendo? Procopio, aquélla era la figura de pie más hermosa que he visto en mi vida. Estefanides sí que era un maestro, hombre. ¡Para qué hablar!
Procopio se inclinó enérgicamente hacia el abad.
—Nicéforo, escrito está en la Ley de Moisés: No harás grabados ni cualquier otra clase de parábola de aquellas cosas que están en lo alto del cielo, ni de aquéllas que están aquí abajo en la tierra, ni de aquéllas que están en el agua bajo la tierra. Nicéforo, ¿tienen razón los que dicen que está prohibido por Dios el pintar cuadros y tallar estatuas?
El padre Nicéforo movió la cabeza, sin abrir los ojos siquiera.
—Procopio —suspiró al cabo de un momento—, el arte es tan santo como el oficio divino, porque... glorifica la obra de Dios y enseña a amarle —y con su pobre mano, hizo una cruz en el aire—. ¿Acaso no fue también un artista el Creador? ¿No modeló la figura del hombre del barro de la tierra? ¿No concedió a cada cosa sus rasgos característicos y colorido? ¡Y qué artista, Procopio! Nunca, nunca aprenderemos bastante de Él... Además, la ley era válida solamente para los tiempos bárbaros, cuando la gente todavía no sabía dibujar como es debido.
Procopio suspiró profundamente.
—Sabía, padre, que hablaría usted así —dijo respetuosamente—. Como sacerdote y como artista. Nicéforo, usted no permitirá que sea destruido el arte.
—¿Yo? —el abad abrió los ojos—. ¿qué puedo hacer yo, Procopio? Los tiempos son malos, el mundo culto se barbariza, llega gente de Creta y de quién sabe dónde... Es terrible, querido hijo, pero ¿cómo evitarlo?
—Nicéforo, si hablase usted con el emperador...
—No, no —dijo el padre Nicéforo—. El emperador no tiene ningún sentido del arte, Procopio. He oído decir que un día alabó los mosaicos de ese vuestro... bueno, como le llaméis.
—Papanastasio, padre.
—Sí, ése que hace esos monigotes mal pintados. El emperador no tiene idea de lo que es arte. Y Malvasia es, según mi opinión, un pintor igual de malo. Se comprende, escuela de Ravena. ¿Y lo ves?, sin embargo, le encargaron los mosaicos de la capilla de palacio. ¡No se puede hacer nada en la corte! Procopio, yo no puedo ir allí y pedir que permitan a cualquier Argirópulos u otro cualquiera como ése de Creta... Papanastasio, ¿no?, seguir estropeando las paredes.
—No se trata de eso, padre —dijo Procopio con paciencia—. Pero tenga usted en cuenta que si ganan los iconoclastas serás destruidas todas las obras de arte. Hasta vuestros iconos serán destruidos, Nicéforo.
El abad hizo un gesto con la mano:
—Eran muy flojos, Procopio —murmuró—. Antes no sabía yo dibujar. Dibujar figuras, señor, eso no se aprende tan fácilmente.
Procopio señaló con un dedo tembloroso la antigua figura del joven Baco, cubierta hasta la mitad por un rosal silvestre.
—Hasta esa figura será destruida —dijo.
—¡Qué pecado, qué pecado! —murmuró débilmente Nicéforo, abriendo sus ojos doloridos—. Nosotros le llamábamos a esa escultura San Juan Bautista, pero es un verdadero, un perfecto Baco. Horas y horas me paso mirándolo. Es como una plegaria, Procopio.
—Ya lo ve usted, Nicéforo. ¿Y tiene que ser destruida esa perfección divina? ¿Tienen que hacerla grava a martillazos algunos piojosos y alborotadores fanáticos?
El abad hizo un gesto con la mano:
—Usted es el único que puede salvar el arte, Nicéforo —trató de convencerle esforzadamente Procopio—. Su santa vida y su sabiduría le han hecho ganar un respeto inmensurable en la Iglesia; la Corte le aprecia en alto grado, será usted miembro del Gran Sínodo, que ha de decidir si los cuadros y las esculturas son solamente medios de la idolatría. Padre, ¡el destino del arte está en sus manos!
—Sobreestimas mi influencia, Procopio —suspiró el abad—. Esos fanáticos son fuertes y tienen tras ellos a la plebe... —Nicéforo guardó silencio—. ¿Dices que destruirán todos los cuadros y esculturas?
—Sí.
—¿Y destruirán también los mosaicos?
—Sí; los desharán a golpes en las bóvedas y esparcirán las piedrecillas por los estercoleros.
—¡No me digas! —exclamo interesado Nicéforo—. Entonces, también destruirán ese ángel Gabriel tan mal dibujado, de ése... ¿no?
—Seguramente.
—¡No estaría mal! —rió el abad—. Es un cuadro terriblemente malo, hombre. Nunca había visto algo tan deforme como ese monigote. Y a eso le llaman ¡motivos de composición! Yo te digo, Procopio, que un dibujo malo es un pecado y una blasfemia. Es contra Dios. ¿Y ante eso ha de arrodillarse la gente? ¡No, no! Lo cierto es que arrodillarse ante cuadros malos es, en realidad, idolatría. A mí no me extraña que a la gente la subleven estas cosas. Tienen toda la razón del mundo. La escuela de Creta es una herejía, y ese Papanastasio es un hereje peor que cualquier Ario. ¿Así que tú crees —volvió a decir de nuevo, animadamente—, que también destruirían ese mamarracho? Me traes buenas noticias, querido hijo. Me alegra que hayas venido —Nicéforo se levantó con dificultad, como queriendo significar que la entrevista había terminado—. Hace un hermoso tiempo, ¿verdad?
Procopio se levantó completamente deshecho.
—Nicéforo —dijo—, también destruirán otros cuadros. ¡Todo el arte será quemado y destruido!
—Bueno, bueno... —dijo el abad conciliador—. Será lástima, una gran lástima... Pero si queremos librar al mundo de los malos dibujos, no hemos de fijarnos demasiado en unas cuantas injusticias. Con tal de que la gente no se arrodille ya ante ese mamarracho que hizo vuestro... bueno, ése...
—Papanastasio.
—Sí, ése. Una miserable escuela de pintura la de Creta, Procopio. Estoy contento de que me hayas llamado la atención sobre el Sínodo. Estaré allí, Procopio, estaré allí aunque tuvieran que llevarme en brazos. Hasta la muerte no me perdonaría el no estar presente en una cosa así. Con tal de que destrocen ese arcángel Gabriel —se rió Nicéforo con sus mejillas enjutas—. ¡Dios te guarde, hijo! —dijo levantándose y extendiendo su mano sarmentosa para bendecir.
—Dios le guarde, Nicéforo —suspiró desesperado Procopio.
El abad Nicéforo se alejó moviendo pensativo la cabeza.
Sentiríamos que la circunstancia de haberse puesto en venta el alegato del doctor Piñero, fuera un obstáculo serio para su difusión, y que este sazonado fruto de un año y medio de vagar diplomático se limitara a causar 'impresión' en la casa de Coni. Tal no sucederá, Dios mediante, y al menos en cuanto penda de nosotros, no se cumplirá tan melancólico destino.O este otro, de Vargas Vila, que califica como la injuria más espléndida que ha conocido: "Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara al patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia". A la perfección de esta sentencia se le suma el goce añadido de que, antes de pasar a citarla, Borges apunte que la considera el único roce de su autor con la literatura.
La gloria de Romain Rolland parece muy firme. En la República Argentina lo suelen admirar los admiradores de Joaquín V. González; en el Mar Caribe, los de Martí; en Norteamérica, los de Hendrik Willem Van Loon. En Francia misma no le faltará jamás el apoyo de Bélgica y de Suiza.Sin embargo, el mejor texto que conozco de Borges en este cuasi-género de la injuria literaria es una reseña sin importancia que aparece incluida en el segundo tomo de Textos recobrados, que cubre el período que va de 1931 a 1955, y con la que quiero cerrar este comentario. A pesar de su intrascendencia es una joya de terrorismo verbal y un verdadero goce.
El señor Schianca (Arturo C.) habla con alguna emoción de los archivos que ha interrogado para la composición de este libro, pero no declara que esos archivos son de un carácter tan selecto que rayan en lo mínimo y en lo portátil. Casi puede afirmarse que se reducen al "Cancionero bonaerense", de Ventura R. Lynch: citado cuatro veces por él y silenciosamente repetido unas siete u ocho, con una exactitud ejemplar. Ese libro de Lynch, inicialmente publicado el año 1883 y reimpreso más tarde por nuestra Facultad de Filosofía y Letras, es el demonio familiar del señor Arturo C. Schianca, el secreto Ángel de su Guarda. Tres cuartas partes de su vida afirma el señor Schianca que ha consagrado a la preparación de su historia, o —sustituyendo por cantidades iguales— a la lectura del folleto de Lynch. Hay casos de lectores con más apuro.
A veces la modestia del historiador busca otros asilos. Su capítulo sobre las danzas españolas recoge descripciones de diccionario —y no de diccionario musical. Otras, copia los párrafos del libro "Nuestra primera música instrumental" del padre Granón, con la debida autorización eclesiástica. Otras se acuerda rápidamente de Juan Alvarez, de Jorge R. Furt o de Gómez Carrillo —siempre con la omisión de esos nombres propios. Con todo, sería injusto suponer que esos devaneos logran distraerlo por mucho tiempo de su pasión central: el "Cancionero bonaerense", de Lynch. Algunos juzgarán que es censurable la omisión de las comillas, pero en el tutelar folleto de Lynch tampoco figuran, y el señor Schianca es demasiado respetuoso para agregarlas. Además, ese flequillo tipográfico no es tan encantador. Las raras veces que se resuelve a usarlo, sus transcripciones carecen de exactitud.
Sin embargo, sería aventurado suponer que el señor Arturo C. Schianca ha sido excluido totalmente del libro que aparece bajo su nombre. Le corresponden algunas impresiones de bailes y alguna anécdota. Deploro delatar estas infracciones a una modestia que adivino congénita, pero mi probidad de crítico me obliga a tan desagradable denuncia.
Ese ligero ataque de originalidad, casi indecoroso y obsceno en un historiador tan puntual, puede remediarse debidamente en una segunda edición. Sólo se trata de omitir esos párrafos anormales y reemplazarlos por otros de Don Vicente Rossi o del finado Don Ventura R. Lynch. Los restos disponibles de este último no han de ser muy copiosos, pero la unidad de la obra saldrá ganando.
Crítica, Revista Multicolor de los Sábados, Buenos Aires, Año 1, No. 9, 7 de octubre de 1933.
While I was gathering and obtaining declassification authorization for some of the CIA records used in this book at the National Archives, the agency [the CIA] was engaged in a secret effort to reclassify many of those same records, dating back to the 1940s, flouting the law and breaking its word. Nevertheless, the work of historians, archivists, and journalists has created a foundation of documents on which a book can be built.Surprise attacks
In retrospect ... I really do not believe that an intelligence organization in this government is able to deliver an honest analytical product without facing the risk of political contention ... I think that intelligence has had relatively little impact on the policies that we've made over the years. Relatively none ... Ideally, what had been supposed was that ... serious intelligence analysis could ... assist the policy side to re-examine premises, render policymaking more sophisticated, closer to the reality of the world. Those were the large ambitions which I think were never realized. (p 353)On the clandestine side, the human costs were much higher. The CIA's incessant, almost always misguided attempts to determine how other people should govern themselves; its secret support for fascists (eg, Greece under George Papadopoulos), militarists (eg, Chile under General Augusto Pinochet) and murderers (eg, the Congo under Joseph Mobutu); its uncritical support of death squads (El Salvador) and religious fanatics (Muslim fundamentalists in Afghanistan) - all these and more activities combined to pepper the world with blowback movements against the United States.
The millions were delivered to Italian politicians and the priests of Catholic Action, a political arm of the Vatican. Suitcases filed with cash changed hands in the four-star Hassler Hotel ... Italy's Christian Democrats won by a comfortable margin and formed a government that excluded communists. A long romance between the [Christian Democratic] party and the agency began. The CIA's practice of purchasing elections and politicians with bags of cash was repeated in Italy - and in many other countries - for the next 25 years. (p 27)The CIA ultimately spent at least $65 million on Italy's politicians - including "every Christian Democrat who ever won a national election in Italy" (p 298). As the Marshall Plan to reconstruct Europe got up to speed in the late 1940s, the CIA secretly skimmed the money it needed from Marshall Plan accounts. After the plan ended, secret funds buried in the annual defense appropriation bill continued to finance the CIA's operations.
INFORMACIÓN SOBRE LOS PROCEDIMIENTOS PARA LA INVITACIÓN A PARTIR DEL PRÓXIMO 2 DE MAYO/ 07
Como parte de un reordenamiento interno, acorde a lo establecido en la Ley, a partir del 2 de mayo se aplicará para las Invitaciones a ciudadanos cubanos para viajes particulares al exterior lo siguiente:
1.- Acorde a lo establecido en el Decreto 26, de julio de 1978, “Reglamento de la Ley de Migración”, la Invitación sólo se realizará para los viajes particulares por motivos familiares y de amigos en el país de residencia del Invitante, mediante Documento Notarial, debidamente legalizado por las autoridades del país en que resida y presentado ante el consulado cubano con jurisdicción en el lugar de residencia del Invitante.
2.- Los Cónsules emitirán la Certificación de la Invitación para ser enviada al Invitado por los canales establecidos oficialmente, a fin de que pueda cumplimentar el requisito exigido por la Ley, de presentar a las autoridades migratorias cubanas dicha Certificación.
Los Cónsules están facultados para solicitar las comprobaciones con relación al parentesco o amistad entre el Invitante y el Invitado. Igualmente están facultados para rechazar la invitación si concurren elementos que así lo aconsejen.
El costo del Servicio Consular de la Invitación será el mismo establecido en el Arancel Consular vigente.
3.- Para aquellos casos en que la Embajada del país del Invitante requiera una copia original del Documento emitido por el Notario Público de su país, legalizada por el consulado cubano, como requisito para el proceso de visado del Invitado, el Invitante es el encargado de obtener una copia original del documento y legalizarla ante el consulado cubano, lo cual constituye un servicio consular aparte, sujeto al Arancel Consular correspondiente. Esta copia de la Invitación la hará llegar por sus propias vías al Invitado.
La Habana, a los 26 días del mes de abril del 2007, “Año 49 de la Revolución”.
Of course, the word "interactive" is regularly wheeled out to make any old bullshit sound exciting and modern. Hey, it's not a humiliating infringement of civil liberties - it's interactive! You, know - a bit of democratic fun, just like The X Factor or MySpace! Woo hoo! Now put that in the bin or I'll blow your head off.
There are two major problems with justifying the bellowing CCTV cameras on the grounds that they're "interactive". Firstly, just because something's "interactive", that doesn't automatically make it right. Coprophilia is interactive, and that doesn't belong in the street either.
Secondly, they're not interactive at all. They're faceless electronic scrutinisers that scream when you break the rules. What John Reid has done here is confuse the word "interactive" with the word "nightmarish".
And wait, it gets worse. As if the scheme wasn't already unsettling enough, according to news reports, "children's voices are to be used initially to make the encounter less confrontational".
This would be a brilliantly disturbing twist in a dystopian sci-fi movie in which the traditional adult-child relationship has been thrown into reverse, and misbehaving grownups are publicly scolded by eerie, disembodied infant voices, but unfortunately it's not happening in a dystopian sci-fi movie at all, but in Middlesborough. And, later this year, in Southwark, Barking and Dagenham, Reading, Harlow, Norwich, Ipswich, Plymouth, Gloucester, Derby, Northampton, Mansfield, Nottingham, Coventry, Sandwell, Wirral, Blackpool, Salford, South Tyneside and Darlington.
Incidentally, it's not yet clear whether the children's voices will address miscreants using formal language ("Attention, citizen: you are committing a felony; you have 20 seconds to desist") or in "kid speak" ("You're a bad man and I'm telling on you and my dad's going to tear your head off"). Perhaps they could also allow kids to control the cameras and decide what constitutes a crime. And, rather than mounting the cameras on poles, why not make them mobile and more kid-friendly by placing them inside full-size, remote-controlled Daleks, which can patrol the streets dishing out near-fatal electric shocks to those who disobey?
Actually, using the Daleks would be a masterstroke. Everyone loves Doctor Who - who wouldn't be thrilled by the sight of a real-life Dalek squadron rolling down the high street, glinting in the sun? The sheer excitement would genuinely make the accompanying loss of liberty seem worthwhile.
To liven things up even more, our rasping pepperpot overlords could be colour-coded. Blue Daleks would deal with minor infractions, and would spend most of their time issuing warnings and administering minor shocks - but they'd also be chummy and approachable, and willing to pose for photographs with your nephew. Red Daleks, on the other hand, would be emotionless killing machines.
Imagine the atmosphere outside a pub on a hot summer's day: a Red Dalek trundles past, and the convivial hubbub suddenly fades to a whisper. Everyone stiffens. And then he turns the corner and a communal sigh of relief goes up, and the drinking continues and the jukebox plays louder and louder ... community spirit lives again. Admit it: it'd be fantastic.
Of course, to maximise the psychological impact of the Red Daleks, they'd have to be fewer in number than the Blues. Ten per citizen, tops.
If anyone from the Home Office is reading this, incidentally, it's absolutely imperative that you license the actual, 100% official, BBC Daleks, as seen on TV. Don't just try to create some sort of rip-off close-as-dammit lookalike and hope we'll start calling them "Daleks". We're not idiots. And if you draw a blank with Terry Nation's estate, don't bother negotiating for the rights to the Cybermen instead. It won't be the same. Daleks or nothing. Pull that off and I guarantee we'll willingly accept it. Even Shami Chakrabarti, denouncing the plan on Question Time, would have to start her complaint by saying, "Obviously I love the idea of Daleks as much as anyone, but ..."
So come on, Reid. Stop pissing about with twittering cameras on sticks. The technology for an army of wirelessly controlled mobile CCTV spybots already exists - and it's interactive. There's nothing stopping you. Show some balls for once in your poxy life. Give us the Daleks.
Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.
Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.
Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.
Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.
Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.
El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.
Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.
Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.
Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.
Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.
Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos mas niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.
Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.
Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.
En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.
Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.
Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.
Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.
He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.
En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.
Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.
Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.
Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.
Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.
Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.
Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.
Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.
No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.
Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.
Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.
Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.
Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán «La ociosidad es la madre de todos los vicios». Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución. Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado. Todo el mundo conoce la historia del viajero que vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes de la Asociación Cristiana de Jóvenes emprendan una campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si es así, no habré vivido en vano.
Antes de presentar mis propios argumentos en favor de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar. Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como el proverbial campesino francés, es obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y se plantean diferentes casos.
Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del hecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas de guerras pasadas o en la preparación de guerras futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se halla en la misma situación que el malvado de Shakespeare que alquila asesinos. El resultado estricto de los hábitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas armadas del estado al que presta sus economías. Resulta evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun cuando lo gastara en bebida o en juego.
Pero —se me dirá— el caso es absolutamente distinto cuando los ahorros se invierten en empresas industriales. Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil, se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto significa que una gran cantidad de trabajo humano, que hubiera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas que, una vez construidas, permanecen paradas y no benefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus ahorros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero —digamos— en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán —cabe esperarlo—, al tiempo en que se beneficien todos aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el panadero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta —digamos— en tender rieles para tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un considerable volumen de trabajo por caminos en los que no dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y frívola.
Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del TRABAJO está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.
Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y está mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda.
En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una tercera clase de hombres, más respetada que cualquiera de las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que otros paguen por el privilegio de que se les consienta existir y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por ello cabría esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente, su ociosidad solamente resulta posible gracias a la laboriosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.
Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un hombre podía, por lo general, producir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de los que lo producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente; los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían reservándose tanto como en otros tiempos, con el resultado de que muchos de los trabajadores morían de hambre. Este sistema perduró en Rusia hasta 1917, (2) y todavía perdura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase de los industriales ganó poder. En Norteamérica, el sistema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como es natural, una huella profunda en los pensamientos y las opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad. La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.
Es evidente que, en las comunidades primitivas, los campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entregado el escaso excedente con que subsistían los guerreros y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obligaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente, sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era su deber trabajar intensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la compulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de gobierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nueve por ciento de los asalariados británicos se sentirían realmente impresionados si se les dijera que el rey no debe tener ingresos mayores que los de un trabajador. El concepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés. Por supuesto, los poseedores del poder ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las arreglan para creer que sus intereses son idénticos a los más grandes intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, empleaban parte de su tiempo libre en hacer una contribución permanente a la civilización, que hubiera sido imposible bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización.
La técnica moderna ha hecho posible reducir enormemente la cantidad de trabajo requerida para asegurar lo imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evidente durante la guerra. En aquel tiempo, todos los hombres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos los hombres y todas las mujeres ocupados en espiar, en hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno relacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de bienestar físico entre los asalariados no especializados de las naciones aliadas fue más alto que antes y que después. La significación de este hecho fue encubierta por las finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si el futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto, desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La guerra demostró de modo concluyente que la organización científica de la producción permite mantener las poblaciones modernas en un considerable bienestar con sólo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero. Si la organización científica, que se había concebido para liberar hombres que lucharan y fabricaran municiones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hubiera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó morir de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el trabajo es un deber, y un hombre no debe recibir salarios proporcionados a lo que ha producido, sino proporcionados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.
Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en circonstancias completamente distintas de aquellas en las que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando —digamos— ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando demasiado. De este modo, queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?
La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada normal de trabajo de un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabajaban doce horas al día. Cuando los entremetidos apuntaron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: «¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar». Hoy, las gentes son menos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.
Consideremos por un momento francamente, sin superstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero solamente en esta medida.
No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades modernas, aparte de la URSS, mucha gente elude aun esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aquellos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstos permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso o que mueran de hambre.
Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro —dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata—. Esta idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob admiración por la inutilidad, que en una sociedad aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone en situación más acorde con el sentido común.
El sabio empleo del tiempo libre —hemos de admitirlo— es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.
En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia, así como hay mucho muy diferente de la tradicional enseñanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cambiado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes, y especialmente de aquellas que dirigen la propaganda educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es casi exactamente la misma que las clases gobernantes de todo el mundo han predicado siempre a los llamados pobres honrados. Laboriosidad, sobriedad, buena voluntad para trabajar largas horas a cambio de lejanas ventajas, inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece; por añadidura, la autoridad todavía representa la voluntad del Soberano del Universo. Quien, sin embargo, recibe ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.
La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos puntos en común con la victoria de las feministas en algunos otros países. Durante siglos, los hombres han admitido la superior santidad de las mujeres, y han consolado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la santidad es más deseable que el poder. Al final, las feministas decidieron tener las dos cosas, ya que las precursoras de entre ellas creían todo lo que los hombres les habían dicho acerca de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les habían dicho acerca de la inutilidad del poder político. Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere al trabajo manual. Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo honrado, han alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas acerca de la excelencia del trabajo manual han sido tomadas en serio, con el resultado de que el trabajador manual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, en esencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar los trabajadores de choque necesarios para tareas especiales. El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes, y es la base de toda enseñanza ética.
En la actualidad, posiblemente, todo ello sea para bien. Un país grande, lleno de recursos naturales, espera el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muy escaso del crédito. En tales circunstancias, el trabajo duro es necesario, y cabe suponer que reportará una gran recompensa. Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el punto en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin trabajar largas horas?
En Occidente tenemos varias maneras de tratar este problema. No aspiramos a la justicia económica; de modo que una gran proporción del producto total va a parar a manos de una pequeña minoría de la población, muchos de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por ausencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mantenemos ocioso un alto porcentaje de la población trabajadora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos métodos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra: mandamos a un cierto número de personas a fabricar explosivos de alta potencia y a otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo manual.
En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al control centralizado de la producción, el problema tiene que resolverse de forma distinta. La solución racional sería, tan pronto como se pudiera asegurar las necesidades primarias y las comodidades elementales para todos, reducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado la suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver cómo pueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más probable que encuentren continuamente nuevos proyectos en nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacrificarse a la productividad futura. Recientemente he leído acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros rusos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrionales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero capaz de posponer el bienestar proletario por toda una generación, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo sería proclamada en los caminos helados y entre las tormentas de nieve del océano Artico. Esto, si sucede, será el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso como un fin en sí misma, más que como un medio para alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no fuera necesario.
El hecho es que mover materia de un lado a otro, aúnque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos, durante miles de años, a predicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: «Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento». Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.
Consideran el trabajo como debe ser considerado, como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.
Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto punto ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de carne y el panadero que os provee de pan son merecedores de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vosotros disfrutáis del alimento que ellos os han suministrado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno y gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos aspectos de una misma transacción, esto es absurdo; del mismo modo podríamos sostener que las llaves son buenas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra sociedad’ trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce.
Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo de la industria. Pensamos demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor.
Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente mal~astarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera conveniente. Es una parte esencial de cualquier sistema social de tal especie el que la educación vaya más allá del punto que generalmente alcanza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han llegado a ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Ello resulta del hecho de que sus energías activas se consumen completamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.
En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó las filosofías y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie.
El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obligaciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase a ser laborioso, y la clase, en conjunto, no era excepcionalmente inteligente. Esta clase podía producir un Darwin, pero contra él habrían de señalarse decenas de millares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los cazadores furtivos. Actualmente, se supone que las universidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en un ambiente académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus medios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opiniones de la influencia que debieran tener sobre el público en general. Otra desventaja es que en las universidades los estudios están organizados, y es probable que el hombre al que se le ocurre alguna línea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones académicas, por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados de los intereses de la civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de sus muros están demasiado ocupados para atender a propósitos no utilitarios.
En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona ¿con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, será capaz de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.
1. De hecho, no estoy seguro de que no sea válido decir que el Milton que alguna vez parecía no ser diferente de un Shelley del siglo XVII no se convirtiera, a partir de una experiencia siempre más amarga cada año, más ajena [sic] al fundador de esa secta jesuita que nada podía inducirlo a tolerar (Harold Laski, Ensayo sobre la libertad de expresión).Cada uno de estos pasajes tiene faltas propias, pero, además de la fealdad evitable, tienen dos cualidades comunes. La primera, las imágenes trilladas; la segunda, la falta de precisión. El escritor tiene un significado y no puede expresarlo, o dice inadvertidamente otra cosa, o le es casi indiferente que sus palabras tengan o no significado. Esta mezcla de vaguedad y clara incompetencia es la característica más notoria de la prosa inglesa moderna, y en particular de toda clase de escritos políticos. Tan pronto se tocan ciertos temas, lo concreto se disuelve en lo abstracto y nadie parece capaz de emplear giros del idioma que no sean trillados: la prosa emplea menos y menos palabras elegidas a causa de su significado, y más y más expresiones unidas como las secciones de un gallinero prefabricado. A continuación enumero, con notas y ejemplos, algunos de los trucos mediante los que se acostumbra evadir la tarea de componer la prosa:
2. Por encima de todo, no podemos hacer saltar una piedra sobre el agua con una batería nativa de modismos que prescribe tolerar colocaciones egregias de vocablos como las del inglés básico "dejar que pase" en vez de "tolerar" o "dejar perdido" en vez de "desconcertar" (profesor Lancelot Hogben, Interglossia).
3. Por una parte, tenemos la libre personalidad: por definición ésta no es neurótica, pues no tiene conflictos ni sueños. Sus deseos, tal como son, son transparentes, pues son justamente lo que la aprobación institucional mantiene en el primer plano de la conciencia; otro modelo institucional alteraría su número e intensidad; hay poco en ellos que sea natural, irreducible o culturalmente peligroso. Pero, por otra parte, el vínculo social no es más que el reflejo mutuo de estas integridades autoprotegidas. Recordemos la definición de amor. ¿No es éste el retrato de un académico menor? ¿Dónde hay lugar en esta sala de espejos para la personalidad o la fraternidad? (Ensayo sobre la psicología en la política, Nueva York).
4. Todas las "excelentes personas" de los clubes de caballeros, y todos los capitanes fascistas frenéticos, unidos en su odio común al socialismo y en el horror bestial a la marea creciente del movimiento de masas revolucionario, han recurrido a acciones provocadoras, a discursos incendiarios, a leyendas medievales de pozos envenenados, para legalizar la destrucción de las organizaciones proletarias, y para despertar en la pequeña burguesía agitada el fervor chauvinista en nombre de la lucha contra la salida revolucionaria de la crisis (Panfleto comunista).
5. Para infundir un nuevo espíritu en este vetusto país, hay que abordar una reforma espinosa y contenciosa, la de la humanización y la galvanización de la BBC. Aquí, la timidez revelará el cáncer y la atrofia del alma. El corazón de Gran Bretaña puede estar sano y latir con fuerza, por ejemplo, pero el rugido del león británico es, en el presente, como el de Berbiquí en Sueño de una noche de verano de Shakespeare, tan gentil como el arrullo de una paloma. La nueva Gran Bretaña viril no se puede seguir traduciendo indefinidamente a los ojos o, mejor, a los oídos del mundo mediante las languideces estériles de Langham Palace, disfrazadas desvergonzadamente de "inglés estándar". ¡Cuando la Voz de Gran Bretaña se escucha a las nueve en punto, es de lejos mejor e infinitamente menos ridículo escuchar haches pronunciadas honestamente que los actuales sonsonetes melifluos, afectados, inflados e inhibidos de esas doncellas virginales que murmuran tímidamente "¡Yo no fui!" (De una carta al Tribune).
Helo aquí en inglés moderno:
Retorné y vi que bajo el sol la carrera no es de los veloces, ni la batalla de los fuertes, ni el pan para el sabio, ni las riquezas para los hombres de conocimiento, ni el favor para los capaces; sino que el tiempo y la oportunidad acontecen a todos ellos.
Las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos obligan a concluir que el éxito o el fracaso en las actividades competitivas no exhibe ninguna tendencia conmensurable con la capacidad innata, sino que es un notable elemento de que lo imprevisible debe tenerse invariablemente en cuenta.
Alejandro III de Macedonia nació en el 365 a.C., en el sexto día del mes Lous[1]. Se le conoce como Alejandro Magno porque mató a más gente de diferentes pueblos que ningún otro hombre de su tiempo[2]. Hizo esto para inculcarles la cultura griega. Alejandro no era estrictamente griego y no era culto, pero esa es su historia, ¿y quién soy yo para desmentirla[3]?
El padre de Alejandro era Filipo II de Macedonia. Filipo era un hombre de gran amplitud de miras. Bebía abundantemente y tenía ocho esposas. Subyugó a los griegos después de que se autodestruyeran en la Guerra del Peloponeso y se designó a sí mismo Capitán General de manera que pudiese defender los ideales de la Hélade. El principal ideal de la Hélade era deshacerse de Filipo, pero él no le prestaba atención a ése. Fue asesinado en el 336 a.C. por un amigo de su esposa Olimpias[4].
Olimpias, la madre de Alejandro, era ligeramente anormal. Era epirota. Mantenía tantas serpientes sagradas en su dormitorio que Filipo tenía miedo de ir a casa después de sus festivales alcohólicos[5]. Le dijo a Alejandro que su verdadero padre era Zeus Amón, o Amón, un dios greco-egipcio con forma de serpiente. Alejandro le daba a esto mucha importancia y se pasaba toda la noche jactándose de ello[6]. En una ocasión ejecutó a trece macedonios por decir que no era hijo de una serpiente.
De niño, Alejandro era como todos los demás niños, si entienden lo que quiero decir. Tenía los ojos azules, el pelo rojo y rizado, el cutis rosáceo y era pequeño para su edad. A los doce domó a Bucéfalo, su caballo favorito. El mismo año empujó juguetonamente a Nectanebo, un astrónomo que estaba de visita, a un profundo pozo y éste se rompió el cuello mientras disertaba sobre los astros. Nunca se ha podido demostrar que Alejandro empujara al viejo. El hecho es que ambos se hallaban de pie al bo